Después de la jornada electoral de este domingo, en la segunda vuelta Colombia debe elegir al próximo presidente de la República entre dos opciones muy diferentes, que tristemente mantendrán al país en un ambiente de mucha polarización.
Independientemente de quién sea nuestro nuevo mandatario el 22 de junio, lo que debemos tener en cuenta es que todos seguiremos siendo colombianos y tendremos que seguir sacando este país adelante cada día desde nuestra esquina o metro cuadrado.
Empresarios, líderes sociales, emprendedores, maestros, comunidad, servidores públicos y el resto de colombianos seguiremos trabajando por nuestras familias, por el futuro individual y el colectivo. Y mientras lo hacemos, como Nación tendremos que seguir tramitando algunas viejas heridas y otras nuevas que quedarán.
Por eso me encantaría que en esta contienda electoral se estuviera hablando más sobre el futuro que podemos construir entre todos, de un país donde todos podamos aportar y seamos valorados. Un país en el que no se les quite a unos para darle a los otros, donde los empresarios y emprendedores, que son los que generan riqueza, sean valorados por su rol fundamental en la sociedad. Donde se entienda que una parte importante de los colombianos aún vive en pobreza extrema y que el crecimiento económico tiene que estar acompañado por el cierre de brechas sociales.
Un país que valore a sus líderes sociales, quienes todos los días se la juegan por construir y sacar adelante su territorio y que tienen un conocimiento inmenso de las verdaderas problemáticas. También me sueño con un país que castigue a las personas que usan mal su poder e influencias sin importar de dónde vengan.
Un país en el que los derechos de todos sean respetados, donde podamos vivir seguros y que los grupos criminales sean combatidos por el Estado. Un territorio donde la educación desde la primera infancia de nuestros niños y niñas sea lo principal y que el acceso a salud de calidad sea una prioridad, entendiendo las restricciones fiscales que se tienen. Donde la propiedad privada sea respetada, al igual que las instituciones y las reglas del juego. Un territorio conectado por autopistas, vías y una red terciaria en buen estado en todo el país.
Sin duda, mucho de esto pasa por reconocer también que el país tiene un potencial minero energético que no se debe dejar de aprovechar, obviamente cuidando el medio ambiente. Además, que el gasto del Estado, sobre todo de funcionamiento, debe controlarse para que se invierta y se habiliten muchos de esos sueños.
Para nuestro Valle del Cauca, sueño con una Buenaventura con agua las 24 horas del día, su dragado profundizado, con un Tren de Cercanías que le haga más fácil el transporte a los habitantes de esta área metropolitana, un aeropuerto con los mejores estándares y que nos permita llegar a varias partes del mundo. También, con la conexión Cali - Rumichaca acortando distancias con el Ecuador. Pero sobre todo sueño con un Valle del Cauca seguro y con educación de calidad para todos nuestros niños y niñas.
Ojalá estos días que restan de campaña nos concentremos más en estos sueños y menos en las confrontaciones. Pero sobre todo, ojalá que a partir del 7 de agosto entendamos que el desafío no es ver quién ganó las elecciones, sino ser capaces de trabajar unidos para construir el país que soñamos.
Tomado de elpais.com.co
En estos últimos días de polarizada contienda electoral no hay espacio de encuentro, ya sea familiar o social, en el que no haya al menos una persona que nos diga o nos quiera evangelizar sobre cuál es el ‘único’ camino para tener el país que necesitamos. Es claro que cada ciudadano votará por quien considere que es el mejor candidato a la presidencia; sin embargo, no podemos perder de vista que, gane quien gane, la Colombia después del 22 de junio no será ni la que dicen los unos ni los otros. Será un país en la mitad de esas dos versiones que para muchos son completamente incompatibles.
Sin embargo, teniendo en cuenta el debate público, a continuación hablaré de algunos temas que parecen ser el agua y el aceite, pero que no pueden ser dejados de lado porque son el centro de los retos del país en la actualidad, temas que se les han puesto tintes ideológicos, desafortunadamente.
1. Seguridad. No es cierto que debamos elegir entre un país en paz o uno en guerra. Considero que nadie quiere un país en guerra y quienes piden control territorial y la no renuncia del monopolio de la fuerza por parte del Estado, lo único que reclaman es vivir precisamente en paz. Las conversaciones de paz que no tengan reglas, que no reconozcan a las víctimas y que, sobre todo, no tengan compromisos claros, lo único que traen es más violencia. Es triste ver cómo en muchos de los debates sobre el tema se pierde de vista lo evidente: que hay lugares de este país donde la paz nunca llegó y en otros a los que sí lo hizo, la seguridad tristemente se deteriora cada día más. Aunque nadie quiere vivir en guerra, la paz no puede buscarse a cualquier precio.
2. Crecimiento económico. Para algunos, hablar del sector empresarial, de las grandes inversiones que se requieren por parte del Estado y del sector privado para crecer, así como de la regulación que permite ese crecimiento, es absolutamente contrario a hablar de economía popular, de pequeños negocios, de empleo de calidad y de oportunidades para los más jóvenes. Esta aparente contradicción no puede ser más errónea. El crecimiento económico se requiere, así como las grandes inversiones, pero también es necesario que todo esto se traduzca en empleo de calidad y bien remunerado y que se les dé oportunidades a los que más lo necesitan (por eso la importancia de la educación de calidad en toda la trayectoria). Sin duda, todo lo anterior debe estar de la mano del fortalecimiento de la llamada ‘economía popular’ vía encadenamientos y, al mismo tiempo, del crecimiento y regulación diferencial. Este país necesita más emprendedores, más hombres y mujeres que quieran hacer empresa y quieran literalmente comerse el mundo.
3. La pobreza. Y lo anterior nos lleva al reconocimiento de que, para muchos, las oportunidades no existen, que hay un país muy pobre y vulnerable que requiere ser visto de otra manera. No para dejarlo en esa pobreza, con subsidios o programas asistencialistas que solo los sentencian a una vida permanente de limitaciones. Por el contrario, se requiere un reconocimiento de esa vulnerabilidad para poner un butaco que permita tener un país equitativo, con oportunidades para los más jóvenes y una vida digna para los más viejos. Por eso la educación de calidad para todos debe ser nuestro mejor aliado. Necesitamos educar a las nuevas generaciones con todas las herramientas para que este país crezca seguro y con oportunidades para todos.
Finalmente, y muy importante, el cumplimiento de las reglas del juego. Vivir en sociedad requiere reglas claras que nos regulen a todos. No podemos pedir derechos sin tener claro que todos como ciudadanos tenemos deberes y obligaciones. La mejor manera de cuidar la diferencia es que todos cumplamos las reglas que como país decidimos que nos regulaban en nuestro contrato social, arrancando por la Constitución, las leyes y el funcionamiento de nuestras instituciones.
Ojalá entendamos que, dejando el mundo político a un lado, como colombianos no estamos tan alejados y que requerimos avances en seguridad, crecimiento económico, reducción de la pobreza y respeto por el cumplimiento de las reglas del juego. El día después de las elecciones, el trabajo de todos debe ir en esa dirección.
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Posdata. Debemos creer en nuestras instituciones y en el proceso electoral. Necesitamos buenos ganadores y, aún más, mejores perdedores.
Tomado de elpais.com.co
Hace un año en este mismo espacio hablaba de la primera versión de la Maratón de Cali y de mi relación con el running, actividad con la que me enganché tras pasar por diferentes disciplinas. Fue tan grata la experiencia corriendo 15 kilómetros el año pasado que me aventuré a comprometerme públicamente con correr los 42 kilómetros de la maratón de este año. La verdad es que, aunque participar en una maratón siempre había estado dentro de mis metas deportivas, nunca la había priorizado realmente y aunque ya había hecho varias medias maratones, correr esos 15 kilómetros el año pasado en mi Cali fue tan especial que tomé la decisión.
Confieso que durante mi entreno muchas veces quise tirar la toalla. En las madrugadas y en las horas interminables de entreno me preguntaba si realmente era necesario tanto esfuerzo, ya que con maratón o sin maratón seguía teniendo un trabajo de tiempo completo (bien completo) dos niñas, un esposo y una familia a los que les debo dedicar tiempo de calidad.
Mi compromiso público, conmigo y sobre todo la enseñanza de perseverancia que les estaba dando a mis hijas me motivaron. Ellas y mi esposo siempre estuvieron ahí para animarme y entusiasmarme en los días de entreno que no fueron todos los recomendados para una prueba de este tipo, pero fueron los que pude tener.
Y así llegó el día, me levanté asustada, pero feliz. Mi meta era terminar la maratón y por eso no me presioné con los tiempos. Desde que llegué al punto de partida de la carrera la organización me pareció muy buena, los baños limpios, la entrada a los corrales muy ordenada y el arranque puntual. Me emocioné al escuchar el himno de Colombia, pero cuando pusieron Cali Pachanguero ya el corazón se me terminó de hinchar de alegría y orgullo.
Una vez arrancó la prueba, mantuve mi ritmo todo el tiempo e intenté mantener la mente tranquila y estar concentrada. Sin duda, una fuente de energía durante toda la carrera fueron todas las personas que sin conocernos nos hicieron barra desde muy temprano en la mañana. En cada grito y cada mensaje sentí la Cali cariñosa, acogedora y la que se puede unir en propósitos comunes. Sin embargo, los gritos que más me emocionaron sin duda fueron los de mi esposo, mis hijas y mis papás. Verlos ahí tan orgullosos, me inyectaron la fuerza que necesitaba. También vi algunas caras conocidas que me dieron mucha energía en momentos claves. Toda la carrera fue un éxito en lo logístico, la llegada a la meta fue realmente muy ordenada, todos cumplíamos un sueño o un objetivo y el mío fue convertirme en maratonista en mi Cali.
La Maratón de Cali es y debe ser un motivo de orgullo, es un evento internacional que logró mantenerse y consolidarse en un momento muy complejo de seguridad regional. Por eso no entendí muy bien las reacciones de algunos con el incidente del corredor de élite africano. Con hueco o sin hueco, no se le puede quitar al evento la magnitud de lo que fue: un gran logro de ciudad. El foco colectivo debe estar ahí, en la capacidad que tenemos de unirnos alrededor de propósitos comunes, de organizar grandes cosas. Este evento permitió mostrarle al país y al mundo la mejor versión de Cali: esa ciudad alegre, acogedora y orgullosa que sentí en cada kilómetro recorrido. No está bien que se quieran ganar adeptos o elecciones en detrimento de toda una ciudad y como ciudadanos debemos rechazar este tipo de comportamientos, porque no todo vale. Los propósitos comunes nos deben unir por encima de las diferencias.
Tomado de elpais.com.co